[web_silvio] Mi hermano Noel Nicola
Maryel
nierika en trovacub.com
Mar Sep 18 10:03:47 CDT 2007
Mi hermano Noel Nicola
Silvio Rodríguez (Para Prensa Latina)
La Habana, 17 sep (PL) Prensa Latina transmite,
en exclusiva, el texto íntegro de Silvio
Rodríguez en la presentación del álbum homenaje "37 canciones de Noel Nicola".
*** Hace unos días Isabel Parra me contó que Noel
Nicola, Sergio Vitier, Argelia Domínguez y yo le
hicimos compañía en un sueño. Cuenta la amiga
chilena que de pronto se vio sola con Noel, que
estaba vivo y sonriente, mientras ella pensaba que lo que veía era imposible.
Chabela además dice que, en el sueño, yo trataba
de explicarle que todo lo que sucedía era normal,
que nuestro amigo nos visitaba a menudo. Pero de
pronto Noel anunció que ya tenía que marcharse.
Entonces, al escucharle anunciar su despedida, mi
madre le pidió, dulcemente, que no fuera a
desaparecer sin antes rociarnos con lo que él
sabía. Isabel, aún más sorprendida, le preguntó a
mi mamá de qué hablaba. Y fue cuando Noel,
sonriendo con sus dientecillos draculentos, se
limitó a extraer una lata de spray y nos bañó
generosamente con el misterioso líquido.
No sé por qué imaginé que lo que narra este sueño
sucedía en el cuartico de la calle de San
Nicolás, donde Noel vivió años fundamentales.
Esta suposición me hace recordar que debo
escribir al gobierno de La Habana, en nombre de
los que amamos la obra del trovador, para que
ponga allí una tarja que recuerde que en aquel
rincón de la ciudad fueron alumbradas canciones que trascenderán los tiempos.
Mi hermano Noel nació en octubre de 1946, un mes
antes que yo, y resultó el hijo único de una
familia de músicos notables. Su padre fue Isaac
Nicola, paradigma del magisterio guitarrístico
cubano. Su amorosa madre fue la destacada
violinista Eva Reyes, un día concertino de la
Orquesta Filarmónica. Su tía, Cuqui Nicola, insigne profesora de guitarra.
Aunque parezca increíble, yo supe que Noel
existía algunos años antes de conocerlo. Su
propio padre me lo presentó de referencia. Esto
fue así porque en 1963, loco por estudiar música,
me presenté en el conservatorio Amadeo Roldán,
que por entonces dirigía el maestro Nicola, quien
tuvo a bien recibirme y explicarme, con mucha
delicadeza, por qué razones el piano no se podía
empezar a los 16 años. Debo haber puesto cara de
abandono, porque me apretó un hombro y con una
solidaria sonrisa me dijo: "Yo tengo un hijo como
tú, que ahora está en una unidad de la defensa antiaérea".
Unos meses después me parecería más al hijo
mencionado, cuando entré al servicio militar y me
vestí de verde olivo. Pero no sería hasta 1967,
salidos ya del ejército, cuando vendríamos a
encontrarnos mi hipotético hermano Noel y yo, en
un legendario estudio de la radio, una mañana en
que el combo de Senén Suárez le grababa un bolero titulado "El Tiempo y Yo".
Pudiera decirse que la primera en darse cuenta de
que a Noel y a mí nos unía un vínculo filial, fue
mi hermanita Anabel, que por entonces tenía 4
años. Cierto día, mirándonos fijamente, dijo
desde el suelo: "Noel usa el mismo maquillaje que mi hermano".
Pero todavía pasaría tiempo antes que mi amigo me
contara quien era su papá; así que demoré en
comprender que aquel "hijo en una unidad de la
defensa antiaérea" era mi cotidiano compañero de
trova. Cuando lo supe, no podía creer que mi
elíptico hermano no hubiera recibido una clase de
guitarra de su padre, siendo aquel, como se
sabía, un brillante profesor del instrumento.
Pero tiempo después Noel me explicó que el viejo
Nicola tenía una larga reglita que descargaba
velozmente sobre las manos mal colocadas. Y me
contó que, viendo aquello, un día se dijo: "Que le den a otro esa lección".
A pesar de aquello, de mi generación de
trovadores, Noel siempre tuvo uno de los sonidos
más depurados. Usaba uñas y yemas a la vez;
coloreaba, combinando diversos sonidos, llenando
sus canciones de contrastes. Más tarde tuvimos la
suerte de estar cerca de Leo Brouwer, uno de los
compositores que más aportes ha hecho a las
posibilidades tímbricas de la guitarra, quien
hacía gestos aprobatorios escuchando tocar a
Noel. Respecto a su voz, Nicola podía cantar tan
fuerte y sostenido que siempre le pedíamos que
diera las notas altas de los coros, como fue el
caso del la agudo, en la muy sonada "Cuba Va". Y
siempre fue, como lo demuestran las grabaciones
de aquellos años, uno de los más afinados y
certeros intérpretes de nuestro grupo.
A principios de 1968, Pablo Milanés me comunicó
que Haydeé Santamaría nos invitaba a hacer un
concierto en el marco del Centro de la Canción
Protesta, en Casa de las Américas. Entonces nos
pusimos a contar y comprendimos que entre los dos
no teníamos suficientes canciones políticas para completar un programa.
Pero resultó que también eran los tiempos en que
Noel y yo empezábamos a vernos y a mostrarnos
canciones. Yo le había escuchado muy buenos temas
de los que nos faltaban para completar el listado
y por eso me tocó proponer que le invitáramos. De
esa forma casi fortuita nació la trinidad que la
noche del 18 de febrero de 1968, en esta sala Che
Guevara de Casa de las Américas, hizo el
concierto inaugural de lo que después sería llamado nueva trova.
En los años siguientes, Noel y yo anduvimos
juntos la mar de cosas. Cantamos en actos, en
centros de trabajo y de estudios, en casas de
amigos y de amigas, integramos el Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC, fundamos el
MNT. También viajamos a Chile, a España y varias
veces a México, donde hicimos largas giras y muchos conciertos.
En 1974 estuvimos juntos en la República
Dominicana, en el festival "7 Días con el
Pueblo". Para llegar a ese país, que queda al
lado del nuestro, tuvimos que ir primero hasta
Puerto España, al sur de las antillas, donde
pasamos varios días esperando una visa
norteamericana para poder hacer tránsito en el
aeropuerto de San Juan Puerto Rico. En Puerto
España íbamos todos los días al cine para ver las
películas de Bruce Lee, que no se pasaban en La
Habana. Llegamos a Santo Domingo un día tarde,
pero vivimos allí jornadas inolvidables.
La mañana siguiente de la clausura de "7 Días con
el Pueblo", un coronel de la policía secreta nos
invitó, muy cortésmente, a desaparecer de su
territorio antes de 24 horas. Con esa urgencia
fuimos a dar a Venezuela, con quien Cuba no tenía
relaciones, y nos quedamos un mes. Una noche, en
un cine del centro de la capital, vimos "El Ultimo Tango en París".
Recuerdo que a Noel le gustó tanto que se quedó
para la segunda función, mientras yo daba una
vuelta por los alrededores, buscando la estatua
de Bolívar de la que habló Martí. Otra noche nos
aparecimos sin invitación en casa del maestro
Antonio Lauro, quien nos firmó unos discos y se
puso contento de saludar a un hijo del maestro
Isaac Nicola. Días después, en las afueras de San
Fernando de Apure, tuvimos otro privilegio: un
almuerzo en la finquita del Indio Figueredo,
leyenda viva que nos agasajó con su arpa llanera,
acompañado al cuatro por un hijo y a las maracas por un nieto.
Entre nuestros viajes más interesantes hubo uno,
en 1976, a la República Popular de Angola, que
entonces se defendía de la agresión neocolonial.
Allí Noel, en las trincheras, cantaba con un
AKA-47 colgado al hombro. La delgada imagen de
este trovador con un fusil podría resultar
sorprendente para quien no le conoció. Pero, a
pesar de su apariencia frágil, Noel tenía una tremenda fuerza de carácter.
Cuando nuestro grupito de trovadores jóvenes,
inicialmente cuestionado, llegó a transformarse
en una corriente de proporciones nacionales, las
convicciones de Noel, su sentido de la
responsabilidad lo llevaron a sacrificar su
actividad como cantor y pasó años organizando y
dirigiendo la organización que se creó, el
Movimiento de la Nueva Trova. Y cuando la mayoría
de sus compañeros nos dedicábamos a componer, a
ensayar y a cantar, Noel trasnochaba elaborando
reglamentos y estatutos, yendo de un sitio a otro
coordinando encuentros y festivales. De aquellos
tiempos, en la prensa se pueden encontrar
artículos y análisis de su autoría, de una afilada lucidez.
Todos tenemos manías y, desde esta perspectiva,
las de Noel me resultan entrañables. Cómo olvidar
su poca paciencia con los insistentes picadores
de cigarrillos… En el Grupo de Experimentación
Sonora las broncas entre Noel y Sara González
llegaron a ser un evento periódico, que empezó
como un show montado por Sara y acabó como un esperado Pas de Deux.
Llegaron a sobrar las palabras. Bastaba que La
Gorda se parqueara junto al Drácula y le encajara
la V de la victoria en las narices. Aquel gesto
de pedigüeña displicente desencadenaba llamaradas
históricas. A la segunda solicitud de Sara,
Nicola arqueaba las cejas y entornaba los ojos. A
la tercera, le recordaba que en la bodega de la
esquina los vendían. A la cuarta se hacía el
sordo y a la quinta su delgadez se inflamaba para
estallar en lenguas indescifrables, que
suponíamos aprendidas en sus años de estudio en
el Instituto de Etnología y Folclor.
Puede que algún día cuente de la exquisita
pulcritud de este amigo perpetuo; o de cuando
padecía cólicos nefríticos y mi madre iba a
inyectarlo de madrugada; o lo que le dijo a un
director de televisión que pretendió manipularlo;
o sobre la reacción que hubo en un colegio de
señoritas de Caracas, cuando Noel cantó: "Por ahí
viene un batallón de mujeres con un ajustador de
bandera"… Pero ahora nos reúne la presentación
del disco que le prometimos, la antología para la
que el propio autor escogió los 20 primeros
temas, sólo unos días antes de dejarnos.
Lo cierto es que cuando supimos que Noel estaba
enfermo y quizá sin remedio, empezamos a buscar
pretextos para ayudarlo. Y es que nuestro amigo
tenía un sentido del decoro muy estricto y no era
dado a aceptar obsequios. Sin embargo sabíamos
que su situación económica no era holgada y
comprendíamos que por su estado de salud debía
tener completamente resuelta una buena
alimentación. Así que pensamos en una fórmula que
fuera inobjetable a las exigencias de su pundonor.
Como diría Don Corleone, se trataba de hacerle
una oferta a la que no pudiera negarse. Y la
propuesta resultó ser que sus compañeros
grabáramos sus canciones e invitáramos a la SGAE
a apoyarnos, lo que garantizaría unas
inobjetables entradas por concepto de derechos de autor.
Noel no sólo aceptó, sino que lleno de entusiasmo
hizo la lista de las primeras 20 canciones.
Recuerdo que cuando me la dictaba por teléfono,
con su modestia irreducible me decía: "¿No serán
demasiadas? Si te parece quita alguna…" El
solidario Teddy Bautista aprobó el proyecto. Los
viejos amigos participamos con el alma y los más
jóvenes, colectores de su legado, exigieron su
espacio. Músicos de diversas latitudes y variadas
tendencias desearon dejar su impronta de
homenaje, con el desinterés que inspira la
humanidad de una obra y el mérito artístico. Ana
Lourdes Martínez podría contarles mejor que yo
estos detalles, por su proeza de coordinar tanta
concurrencia entusiasta… Pero llegó un día en que
tuvimos que decir: "hasta aquí es este disco".
Comprendimos que aquellas -estas- 37 canciones
eran una suerte de provocación inicial, para
después continuar estudiando la obra del artista.
El hermano, narrador y músico Germán Piniella, en
la nota del disco nos anuncia: "Sin temor a
exagerar, puedo decir que este álbum, el legado
de un hombre de su tiempo que hizo todo lo que
pudo y más con las herramientas que tenía a mano,
su talento y su guitarra, será considerado una de
las obras más hermosas de la canción cubana".
Por mi parte considero que estas versiones son un
digno acercamiento a una obra artística
ejemplarmente diversa y personal. Y espero que
sobre todo sirva para urgir el deseo de escuchar
las magníficas y poco divulgadas interpretaciones del propio Noel.
En este disco, sin duda, escucharán canciones que
les seguirán hasta los sueños; canciones que les
esperarán cuando abran los ojos y que andarán con
ustedes cuando vayan camino a sus quehaceres.
Aquí verán a un hombre amando con intensidad y al
mismo hombre combatiendo la muerte, el machismo,
la burocracia, el oportunismo, la indolencia.
Aquí tendrán un atisbo del artista que descubrió
a César Vallejo y lo cantó como nadie. Aquí
conocerán a un practicante de todos los estilos
de la música cubana y a un explorador de muchos
aires universales. Aquí sabrán de elegías,
preguntas, deseos; de compromisos a veces
directos y otras sutiles, y de un sentido ético
de profundo calado revolucionario.
Cierta vez Dulce María Loynaz escribió: "He
aprendido que no puedo hacer que alguien me ame,
sólo convertirme en alguien a quien se puede
amar. El resto depende de los otros". Con ese
mismo descontento, aunque con más esperanza, en
estas canciones hay un hombre pidiendo que lo
amen como es y no como se espera que sea. Aquí,
en resumen, verán a un niño tiernamente asustado
de las dimensiones del amor que asume.
Mi hermano Noel Nicola Reyes, en un instante de
inspiración chaplinesca, se autodenominó
"trovador sin suerte". Por fortuna, en la misma
canción, dejó muy clara su intención irónica.
Ante la altura de su obra cualquiera hubiera
descubierto que, en tal afirmación, estaba felizmente equivocado.
Silvio Rodríguez Domínguez La Habana, septiembre, 2007 ag sr PL-222
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